Un autobús destartalado, un conductor que dice no saber el recorrido y varios jóvenes incautos. La octava edición del Obuxofest comenzó el viernes con todos los ingredientes necesarios para rodar una película de terror. Como podría ocurrir en cualquier filme del género, los problemas empezaron nada más subir al ‘autocar del miedo’.
El pánico no tardó en apoderarse de los viajeros, aunque no fue precisamente por los terroríficos cortometrajes que anunciaba el programa. Un tornillo procedente del techo del vehículo -que no conseguía superar los 50 kilómetros por hora- impactó en la cabeza de Salvador, joven zaragozano de 22 años. “A mí me ha engañado un amigo para venir”, repetía sin cesar mientras intentaba colocarlo –sin éxito- en su sitio. Después de parar en una estación de servicio para que el motor se refrigerara y de completar la segunda mitad del trayecto con el capó levantado, los aventureros llegaron a su destino: Javierrelatre, un pueblo oscense de menos de 100 habitantes.
Allí les esperaban los organizadores del festival, varias momias y un payaso asesino. “Lo primero es lo primero”, comentaba un miembro de la organización a quienes tenían prisa por montar la tienda. Y es que, en un festival de cine extraño y de terror, la prioridad es siempre la sangre. Tras la sádica inauguración del encuentro, los asistentes peregrinaron hasta la zona de acampada: un lugar situado en lo más alto del pueblo, entre una vieja iglesia y el antiguo cementerio. Algunos notaron presencias extrañas en cuanto comenzaron a montar la tienda de campaña. “Yo creo que justo aquí hay una calavera”, comentaba un joven que intentaba clavar una piqueta en el suelo. Tras varios golpes de martillo, la piqueta se hundió acompañada de un extraño sonido. “Sería una piedra. Sí, seguro que era un pedrusco”, se convencía a si mismo su compañero de habitáculo.
Con la partida de rol en vivo, varias momias procedentes del Antiguo Egipto se vistieron con sus mejores vendas e invadieron este paraje ignoto de la mano de Osiris. Dos nigromantes catalanes que, además de su afición por las partidas de rol comparten el nombre –los Erics, Alonso y Fons-, fueron los encargados de dar las pistas a los principiantes, que debían recuperar sus órganos para ganar la partida. Decenas de estómagos, corazones, pulmones y cerebros –de cartón, ojo- les esperaban escondidos por el pueblo. “A la gente le ha costado arrancar, pero luego se han metido en el papel”, comentaba Eric Alonso, disfrazado de muerto viviente del siglo XIX recién levantado de la tumba.
Esto del terror no es solo cosa de los más jóvenes. Carmen Delgado, madre de una de las organizadoras, no lo dudó ni un segundo y, tienda en mano, se lanzó a la aventura. “El Obuxofest me parece una buena forma de incentivar a la gente que está empezando en el mundo del cine. Además, hay un ambiente muy solidario”, comentaba Carmen, encantada.
La proyección de varios cortos consiguió capturar el ánimo de los espectadores, que abrieron boca para la actuación del grupo zaragozano Los Mancusos. Pero quien más alegró a los asistentes fue el hechicero, un hombre generoso –sobre todo, a la hora de echar aguardiente en el caldero- que repartió conjuros y vasos de queimada entre una multitud embelesada con las llamas que salían del brebaje. “Buhos, lechuzas, sapos y brujas. Demonios maléficos, espíritus, cuervos…”, comenzó a recitar.
A pesar de que la tradicional hoguera había sido sustituida por un camping gas –las artes oscuras también se adaptan a los nuevos tiempos- el hechizo parecía efectivo y la poción mágica pronto estuvo lista para tomar. “Cuando este brebaje baje por nuestras gargantas, quedaremos libres de los males de nuestra alma y de todo embrujamiento”, finalizó el hechicero. Dicho y hecho. Los asistentes, con un grado de felicidad proporcional a la cantidad de brebaje ingerido, se dispusieron a subir la cuesta, camino del camposanto.
Llegó la hora de irse a dormir, algo que puede resultar complicado cuando se ha plantado la cama sobre un campo de lápidas. Algunos no tuvieron problemas para echar una cabezadita e incluso hubo quien se quedó dormido sentado frente a la puerta de su tienda. Otros no tuvieron tanta suerte y no podían dejar de contar las campanadas que, cada hora, sonaban en el campamento. “Solo escuchaba unos ronquidos espantosos. Yo creo que eso no podía salir de ningún cuerpo humano”, afirmaba Emilio, primerizo en esto del mundo del terror. Por la mañana, alguna tienda de campaña había desaparecido del cementerio. Quizá sus ocupantes habían decidido volver a casa. O quizá no fuera esa la razón por la que nadie los volvió a ver por Javierrelatre.