¿Nota decaído a su pueblo? ¿Ha perdido aquella antigua alegría de vivir? No lo dude ni un instante: ¡ponga un almacén de residuos radiactivos en su localidad! No sólo es (prácticamente) inocuo, sino que además le dejará su colada con un radiante blanco nuclear. (Este anuncio es un producto altamente tóxico. Lea detenidamente las instrucciones de uso. Si con el transcurso del tiempo nota que le salen membranas entre los dedos, consulte a su farmacéutico).
Esta columna deberían leerla ustedes escuchando la canción 'We'll meet again', de Vera Lynn, la pieza musical con la que Kubrick remata la magistral ironía de 'Teléfono rojo, volamos hacia Moscú' mediante un encadenado de dos minutos de explosiones atómicas, si bien en este caso las imágenes que acompañarían la melodía serían las de Torrubia, el municipio soriano que ha puesto el uranio enriquecido en nuestras vidas, treinta años después de aquella revuelta social, tan exitosa, de finales de los 70, con pantalones de pata de elefante y patillas talladas a lo bandolero. Oh, cielos.
La candidatura de Torrubia ya está en el Ministerio, aunque no sabemos si pasará el siguiente corte por su condición de ZEPA. De Castilla + León, otras dos propuestas han sabido rellenar correctamente los papeles y están admitidas en la rifa. La actitud del Partido Popular (que sobre esto habla casi por medio de parábolas, sin decir ni arre ni so) ha propiciado una rumorología que sostiene que será en esta Comunidad en la que se construya el ATC.
En mi columna del pasado martes decía que esta loca carrera era la de la España que agoniza, buscando sobrevivir a cualquier precio. Aunque, primero, si de lo que se trata es de intercambio de cromos, pidamos 7.000, no 700 millones. Y añadamos para finalizar que admitir el cementerio equivale a claudicar: "No han movido nunca un dedo por este pueblo.
Nos rendimos. Hagan, ahora, lo que quieran con nosotros". Se parece un poco a lo de ser puta y poner la cama. O un mucho.