Sin demasiadas ideas para llegar hasta las 335 palabras de esta columna, decido acabar de leer un cuento de ciencia ficción de Ángel Torres Quesada, ‘Círculo de Piedra’. Alguien muy inteligente dijo alguna vez que sus mejores ideas solían ser, casi siempre, las que tenían los demás. O una hábil adaptación de ellas.
En el relato, la Tierra vive la aparición de unos engendros que consumen carne humana. Son monstruos de tamaños y tipos varios que surgen no se sabe dónde en cuanto se pone el sol y se esfuman en cuanto éste vuelve a gobernar el cielo. Las horas sin luz ya no son dominio de la humanidad, sino de esos seres que, curiosamente, sólo hacen acto de presencia en aquellos lugares en los que viven más de 200 personas por kilómetro cuadrado.
Estaba servidor pensando en cómo aprovechar todo eso (con esa gracia de la que Dios me ha provisto) a la tan manida despoblación de Soria cuando me acordé de que en Valdeavellano de Tera se llegaron a celebrar dos congresos de escritores de ciencia ficción y fantasía. El encuentro comenzaba a cosechar cierta fama en ese mundillo, se hablaba de él en las páginas web y se hacía muy buena propaganda de Soria.
En cuanto se cambió de alcalde, nunca más se supo. Otra cosa dejada en mitad del camino, como una rueda vieja o un colchón con los muelles salidos. Por cierto, como también las instalaciones en las que tenía lugar el acto que, mucho me temo, que estén infrautilizadas.
Este caso en concreto puede antojarse mínimo y sin apenas importancia, aunque sin duda enlaza de lleno con abandonos y dejadeces más señeras: con las que decían que había que ir por el camino de ser una ciudad de congresos, una ciudad universitaria (en el caso específico de la capital), una provincia modelo de desarrollo sostenible… Añadan aquí cualquier asunto del que se acuerden. Nada acaba haciéndose hasta el fondo y por eso estamos en medio de ninguna parte.