HAY buenas razones para que las leyes prevengan en general el maltrato gratuito a los animales. La crueldad repugna a la mayoría de la sociedad e introduce un elemento de violencia injustificada. Pero no es ese el caso de las corridas de toros. En el ruedo, el daño que se inflinge al animal, que no constituye el objetivo de la lidia, no es irracional, sino que forma parte de una ceremonia con contenido artístico; al menos, cuando se hace según los cánones y con talento. El toreo tiene un hondo sentido antropológico, preñado de valores simbólicos, y entronca con una larga tradición cultural, como ratifican los numerosos intelectuales, no solo españoles, que han sido sus aficionados y defensores. HERALDO, como la gran mayoría de la prensa de nuestro país, incluye por ello la información taurina, con normalidad, en sus páginas culturales.
El toreo puede gustar o no, se le pueden poner objeciones morales o estéticas, pero no merece una intervención prohibicionista del poder público. La prohibición atenta contra la libertad de elección de los ciudadanos, a los que se uniformiza bajo una propuesta moral que no tienen por qué compartir; provocará daños económicos y obligará al pago de indemnizaciones; y, en caso de generalizarse, causaría la desaparición del toro de lidia.
Pero, en realidad, la decisión del Parlamento catalán tiene poco que ver con la cuestión del trato que cabe dar a los animales. No por casualidad, la mayoría de los votos a favor de la prohibición salieron ayer de las filas nacionalistas y la iniciativa ha sido claramente impulsada por el sector independentista del espectro político catalán. La fiesta de los toros es vista como un signo de españolidad y quienes apuestan por separarse de España han encontrado una ocasión, gracias a la pasividad del Partido Socialista, que evitó definirse con claridad, para introducir un elemento simbólico de diferenciación. Por mucho que el presidente Montilla quiera ahora matizar los hechos, lo cierto es que el soberanismo ha conseguido marcarle un tanto que poco contribuirá a mejorar la imagen de Cataluña ni su relación con el resto de España.